jueves, 9 de julio de 2020

LAS AVENTURAS DEL CONEJO ALEJO/ El queso que no era queso.

Nuestro amigo Alejo se niega  a quedarse quieto y esta vez nos presenta otra de sus aventuras con la esperanza que  les guste y puedan compartirla con todos sus amigos y familiares.

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sábado, 20 de junio de 2020

miércoles, 20 de mayo de 2020

LA COLLONA, EL ENCANTADO Y LOS HOMBRES DE MALOS PENSAMIENTOS

En la Comunidad Campesina de Chocán, entre los caseríos de Tablas y Huachuma se encuentra una hermosa construcción de piedra sobre la entrada de una cueva, la cual es conocida por los lugareños con el nombre de Collona. Sobre ella se han elaborado una serie de relatos fantásticos, de encantamientos, de desaparecidos, de aparecidos y de hechizos. Hay quienes dicen que al penetrar en ella encontraríamos un mundo maravilloso hecho de oro y plata. Otros, creen que es un túnel que comunica con Quito, Cusco o Cajamarca.
Se cree también, que antes la Collona servía para guardar alimentos y a la vez de predicción sobre las cosechas de cada año.  Arrojando algunos granos hacia el interior de la cueva y si estos hacen un sonido suave y prolongado sabremos que el año va a ser muy bueno, por el contrario, si el sonido es seco y corto, el año va a ser malo y la gente se tiene que preparar.
Cuenta la tradición que cierta vez un muchacho más o menos de catorce o quince años (los que refirieron esta historia no alcanzan a ponerse de acuerdo) estaba jugando en un plan cerca a la Collona. Se sabía que esa parte del cerro es brava, pues muchos animales ya se habían perdido o muerto cerca y más de un poblador, algo despistado en las tardes de neblina, aseguraban haber escuchado silbidos, voces y llamados. Pero el muchacho, que no tenía tanta edad para tomar las cosas en serio, ni la poca edad como para tener miedo, aun conocedor de lo que venimos conversando no hizo caso y se acercaba cada vez más, conforme su pelota le iba atrayendo a la construcción de piedra.
Dicen, que unos señores que estaban por ahí cosechando frejoles (por lo que suponemos esto se dio en el mes de julio o agosto cuando los laberintos de nudillo van perdiendo su forma y hacen visibles senderos enmarañados) testimoniaron que hasta eso de las cinco de la tarde el muchacho estaba jugando por ahí. Cuando ya la noche entraba y un viento extraño les acarició fríamente, había desaparecido. Entre ellos conversaron las posibilidades que se haya cansado y se fue a su casa; otros pensaron que estaba escondido o detrás de un monte, sólo uno atinó a proponer en forma de broma, que quizá la Collona habría tapiado al muchacho; pero entre la poca sorpresa y el mucho cansancio de los hombres, el tema quedó ahí.
La familia, por su parte, habría comentado que ese día el muchacho no regresó a su casa. Que había salido temprano a mudar unos burros y que nadie le extrañó al almuerzo, pues se llevó unas tortillas con queso de fiambre. Tampoco les hizo raro que hasta eso de las ocho de la noche no regresara, sabían ellos, que le gustaba quedarse jugando hasta tarde. A eso de las diez de la noche la preguntadera con ira y poco a poco la preguntadera con temor, alarmó a todo el pueblo. Algo malo le había pasado. Ese día no regresó a su casa y lo mismo por muchos días más. Nadie supo que había pasado, quizá se fue al Ecuador, quizá se fue a la costa, las posibilidades eran una larga lista de Quizás.
Al siguiente verano (o quizá unos cuantos veranos después) un grupo de niños que estaban jugando cerca de la Collona afirmaron que vieron a un joven todo desgreñado y sucio que salía de la cueva y se sentaba sobre unas piedras a tomar el sol. Se abrigaba. Luego si escuchaba algún ruido huía como un animal hacia el interior de la cueva. Los mismos datos le siguieron después: un hombre que había perdido un burro, unos enamorados que andaban buscado tranquilidad, huyeron despavoridos por la misma imagen. Poco a poco fue corriendo la idea que en la Collona los días martes y viernes de cada semana un encantando salía a tomar el sol y si alguien se acercaba tomaba el riesgo de irse con él y nunca más volver.
La familia del joven que, por supuesto nuca renunciaría a la posibilidad de rescatarlo, se empeñó en romper el encanto. Para ello acudieron a médicos de diversos lugares, uno lo llevó donde otro y el otro donde otro, hasta que en ese círculo llegaron donde uno, que extendiendo la baraja, comunicó que el encantado se trataba del muchacho antes perdido, que el encanto era de la Collona y que dentro había un entierro de gentiles que no se podía calcular la magnitud. En la mesada que posteriormente celebraron, agregó que él, si podía sacarlo, pero que para ello era necesario además de los implementos propios del rito; varas, espadas, artes y perfumes; una beta bendecida con agua de San Francisco y cuatro hombres de alma pura y buenos pensamientos que quisieran ayudar a romper el encantamiento.
Fue fácil de conseguir aquello de la beta bendita, más lo de los hombres era una cosa que siempre sería inquietante. Buscaron entre los amigos más fieles y buenos de la familia y otros que quisieran de todo corazón que el joven volviera a la casa. Una semana después el médico, algunos familiares y los cuatro hombres se dirigieron a la Collona a esperar que los primeros rayos del sol salieran a tentar al encantado la necesidad de abrigo. Cuando el sol calentó algo, a eso de las diez o quizá las once, vieron todos absortos que el encantado salió a una piedra y empezó a retozarse sobre ella. Descuidado, todo roto, el pelo tan grande como sus uñas y los ojos de un animal siempre acechantes y huidizos.
A la señal del médico, los hombres   de buen corazón se abalanzaron sobre el encantado. Alguien le lanzó la beta bendita y lo lacearon. Era un espectáculo desgarrador de gritos, bufidos, gruñidos, llantos; el desorden y el temor entremezclados con alegría y esperanza. Después de unos inmensos diez minutos de jaloneo y de una tenaz lucha de los hombres con el encantado y del médico con la sombra del cerro, pudieron domarlos.  El encantado cayó desmayado y los hombres aprovecharon para amarrarlo a un madero y al tiempo se turnaron para cargarlo y regresar a la casa. Los cantos, despachos y evocamientos del médico estaban dando resultado, le estaban arrancando al cerro una de sus víctimas.
Cuando ya estaban dando los primeros metros del regreso. La Collona, antes de piedra, empezó a tomar un matiz diferente. Fue asumiendo un brillo intenso, se estaba volviendo de oro cada piedra. Más todavía, la entrada de la cueva se amplió tanto que hacia su interior se pudo ver una ciudad maravillosa, era un pueblo construido en oro y plata, Los animales eran de oro y plata y se presentaba tan apetecible que el médico sólo alcanzó a decir a los hombres que cargaban al encantado, que cerraran los ojos.
Entonces todos cerraron los ojos. Pero la imaginación fue más grande. Cada quien se veía como un hombre rico, pensando en tener grandezas, los sentimientos y los pensamientos de los hombres cambiaron. Ya no querían ayudar al encantado, querían volver y tomar todo el oro y la plata que pudieran. El médico despachaba sus perfumes y peleaba.  A ratos sudaba frio y a ratos saltaba con sus varas de chonta. Golpeaba las espaldas de los cargadores y cerraba los ojos para evitar la aparición de la ciudad.  Ya estaban avanzando algo más y pese a los deseos de riqueza muchos se mantuvieron firmes.
Solo uno creyó que esta era la oportunidad de su vida y loco de avaricia soltó al encantado y corrió hasta donde las piedras de oro a querer coger algo para su fortuna. Esto fue suficiente para que el encantado despertara hiciera un esfuerzo no muy grande y como arte de magia quedó libre y su cuerpo fue atraído hasta la entrada de la cueva, que nuevamente se convertía en piedra. Esta vez la Collona no se cerró hasta que su viejo huésped el muchacho encantado estuviera dentro y además el nuevo huésped seria el hombre de espíritu débil y malos pensamientos que no pudo controlar su avaricia.
La gente regresó triste de la jornada y desde ese día han contado esta historia que no se sabe cuándo ocurrió, pero que de generación en generación ha llegado hasta nuestros días para dejarnos el mensaje que las fuerzas del cerro ponen a prueba la limpieza de nuestros espíritus y la calidad de nuestros pensamientos.

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viernes, 15 de mayo de 2020

EL VIAJE MÁS GRANDE


¿Hacia dónde?
 ¡No importa! La Vida esconde
 mundos en germen 
que aún falta descubrir: 
Corazón, es hora de partir 
hacia los mundos que duermen!

Alberto Guillen
Deucalión

Bien podría titularse esta historia: el Gran Viaje a la Gran Piedra, porque ello sintetizaría de manera muy puntual los acontecimientos de aquel tiempo. Supongo que tendría no muchos años. Era joven aún. Cuando sucedió. Cuando emprendí, empero, el viaje más grande de mi vida.
Antes el mundo era más grande, y habitaban en él, seres increíbles, personajes fantásticos y objetos mágicos. Era otro tiempo. Había, desde siempre, escuchado hablar mucho de la Gran Piedra. Es más; era de lo único que se hablaba entonces. Los mayores que, si eran mayores, pues eran increíblemente grandes, conversaban a cada rato de la gran piedra. Decían unos que llegar ahí era toda una aventura; otros, quizá más valientes, decían que habían ido ya muchas veces: veinte, treinta. Sólo ellos lo sabían. Había entre los mayores los solidarios, púes siempre nos decían: algún día los llevamos a ustedes. Y yo vivía soñando con conocer la Gran Piedra.
El universo que rodeaba la Gran Piedra era bastante extraño, se encontraba en un lugar llamado “Mundo de Dónjulcal” y este hombre, en verdad no era hombre. Decían los mayores que se convertía en lechuza y cuidaba que nadie entre a la Gran Piedra, la piedra era su fuente de poder y hasta su casa. Se había comido a varios, a los pequeños, porque ellos le gustaban más. Vestía con un sombrero grande y una soga siempre colgaba de su hombro. No se le confunda con el Duende; el Duende es más pequeñito y no tiene soga en su hombro. Pero “Dónjulcal” no era el único peligro, estaba también el “Bosque Pajalefante” que configuraba túneles y caminos enormes, laberintos enmarañados donde todo el mundo se perdía y era necesaria la guía de algún mayor. Estaban además las Voladoras: Bestias enormes, aladas y negras que protegían este universo, veían todo y se comían todo, también a ellas los pequeños les gustaban más. Con tantos peligros y quizá muchos más, todos queríamos ir a la Gran Piedra.
Una tarde Jorge, que era uno de los mayores, el más valiente de todos. Había ido incontables veces a la Gran Piedra y hasta más allá de ella, donde pocos lo habían logrado. Se paró frente a nosotros y nos dijo, Mañana nos vamos a la piedra. Todos nos alegramos, iríamos a la gran piedra. Habíamos esperado tanto tiempo y por fin mañana, que no sabía exactamente qué significaba mañana, pero sonaba a que sí iría. Tal vez ya de un rato o demore un poco más, pero había una fecha: mañana.
En ese entonces se había, en este mundo raro, formado dos bandos y se inició una guerra sin sentido. Yo estaba en uno de ellos y no sabía por qué. Sólo me dijeron: No te dejes matar ni coger preso. Eran otros tiempos o ¿quizás otro mundo? El universo de túneles y laberintos de “Pajalefante” fue el escenario de una lucha encarnizada. Nuestros capitanes, que así se les decía a los mayores, nos guiaban: disparen, decían, al piso y todos nos tirábamos al piso. La batalla parecía interminable, pues en una rareza más de este mundo se moría por un momento y luego ya estábamos peleando otra vez. Incluso la decisión de morir era muy discutible. La batalla, como todo, llego a su fin. El balance: Ganó el bando de Jorge, siempre ganaban ellos, ningún muerto, ningún herido. Luego ganadores y vencidos, sobrevivientes y victimas nos íbamos juntos a nuestras casas. En este mundo habíamos logrado la inmortalidad.
Con la esperanza que el suceso de la guerra no alterara el viaje programado, me fui a dormir. No tomé merienda, no era prioritario. Aquella noche tuve un sueño extraño, fantástico aún para este mundo. Soñé que iba a la Gran Piedra y que ésta, era pequeña, que no había monstruos y que “Dónjulcal” era un anciano muy amable. Desperté. Qué raro sueño, era en verdad de otro mundo. Al despertar los rayos del sol me avisaron que era mañana o ¿quizá no? En fin, me levanté rápido, me puse un par de zapatillas de Venus y salí en busca de Jorge y los demás. ¡Oh sorpresa! Era tarde, no había nadie. Ya todos se habían ido. Nadie se acordó de mí, o creyeron que no estaba listo. Ya no iría…
Sentado al pie de una enorme planta de achira, lloraba mi mala suerte. Si dijeron que mañana, ¿de repente no era mañana?, entonces dónde estaban todos. Ya es mañana y todos se han ido menos yo… En verdad estaba muy triste.
En un acto de repentino valor, inspirado en no sé qué, se me ocurrió ir solo. De repente no estaban tan lejos y los alcanzo en el camino, voy, voy detrás de ellos. Pero ¿y Dónjulcal?, ¿y el Duende, las Voladoras, el camino? No puedo solamente ir. Mi valor vaciló un momento, pero mi curiosidad fue más fuerte. Necesitaba un plan. Me sujeté las zapatillas de Venus, conseguí un casco de caparazón de sambumba y busqué entre mis cosas la piedra de cristal que tenían poderes mágicos, tal vez puedan servirme para tumbar una voladora. Mi ron -ron, también me serviría de arma. Entre las cosas de los mayores encontré la espada de “JIMAN”, puede que tenga los poderes que dicen que tiene. Acomodé todo, me di el último aliento de valor y salí en busca de la Gran Piedra.
Todo era novedad para mí, se me parecía el mundo más grande que de costumbre. Era cierto lo que decían los mayores, en su sabiduría nos habían explicado de los peligros de una aventura así. Todo era extraño y sentía un poco, quizás bastante miedo, pero mi corazón me arrojaba hacia adelante, hacia la Gran Piedra. No había rastro de “Dónjulcal”, a lo mejor estaba en la Gran Piedra. Las Voladoras tampoco estaban, el peligro inmediato era el camino, por donde fuera que mirase se veía muros enormes de “Pajalefante”, dos paredes enormes que guiaban mi ruta en la caprichosa dirección que él desease. Muy pronto descubriría que el peligro estaba apenas por comenzar. El sendero se dividía en dos ¿por dónde? Los mayores habían dicho que un camino equivocado te podría llevar a la casa del Duende, Pero ¿por dónde ir?  Me senté y vinieron a mi mente las interrogantes que no quería responder ¿y si regreso?, todavía estoy cerca, puedo ver mi casa desde aquí. Entonces ¿Cuándo voy a conocer la Gran Piedra? Tengo que ir, ya estoy en marcha, ¿pero por dónde? Decidí el camino que parecía más fácil. Avancé dos, tres, algunos pasos más y ya el camino ahora se dividía en tres. Elegí la ruta del medio, avancé, y que raro era todo, a cada paso el sendero se iba convirtiendo en nuevas rutas que se entrecruzaban entre sí. Realmente estaba aturdido. No una, muchas líneas cortaban el camino una y otra vez. Ni siquiera sabía por dónde había venido. Como ningún mal llega solo, ahora sí, las voladoras iniciaron un espectáculo en el cielo azul de este mundo, eran enormes y volaban tan cerca… ¿qué hacer? Correr, ¿a dónde? No lo sé. Entonces mis pies respondieron antes.  Corrí, corrí gritando y llorando, no me importaba los caminos, Dónjulcal, el Duende. Corría, corría y lloraba. En este mundo no estaba prohibido llorar. Y yo lloraba, tampoco estaba prohibido correr, ni tener miedo. Y yo, créanme, tenía miedo, corría y lloraba… ¡Tírate al suelo!, escuché decir. Era la voz familiar de Jorge, que se acercaba como un héroe. Esta vez lo vi más grande que siempre, sin miedo a las voladoras, ágil en el laberinto de “Pajalefante”. Le hice caso y me arrojé al suelo. Se acercó el mayor de lo mayores, me tomó de la mano y me dijo muy suavemente, Aquí es la Gran Piedra.
Era la Gran Piedra en verdad maravillosa. Enorme y mágica. Todos estaban ahí, los pequeños y los mayores, gozando de la conquista. Lo más grandioso de esta piedra era su capacidad de transformación, bien podría ser un gran barco y todos nosotros sus marineros; bien era un camión, un avión, una casa. Ahora era un elefante gigante que nos llevaba a todos por un mundo desconocido. Todo podría ser la Gran Piedra, esa era su magia: guiarnos a todos en el viaje de nuestras vidas.
Hoy ya tengo varios años, soy mayor de los mayores. He ido a la gran piedra, tantas veces como días tiene el año, y aún más. La he visto empequeñecerse con el paso de los años e ir perdiendo su capacidad de transformación. He visto a “Dónjulcal” convertirse en un anciano amable. Ya las voladoras no son tan grandes y se alejan cuando yo me acerco buscado su temeridad. No he vuelto a escuchar del Duende, a lo mejor se aburrió y se fue a otros lares. Ya el mundo no es el mismo mundo. Las cuentas, el trabajo, los vecinos, las noticias, los accidentes, nos han vuelto diferentes. De pronto oigo el llanto de mi hijo, de aquel pequeñín de tres años, corro a su encuentro y está asustado. ¿Qué tienes? le interrogo. ¡Las voladoras!, me dice, ¡la gran piedra! Ahora lo entiendo todo. Él ha emprendido también su gran viaje. Bendita vida. 

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lunes, 11 de mayo de 2020

LOS CUENTOS SIEMPRE SERÁN PODEROSOS/ Leyenda del Palo Santo y otros árboles



Cuéntame un cuento, sonó la voz de Leticia, dirigiéndose a su padre. ¿Un cuento? Pensó éste. Y por primera vez en su vida reconoció que nunca había sido bueno narrando cuentos. Podía contar un chiste, granjear una broma a sus colegas de escuela. Podría, quizá, hasta ser gracioso con gestos exagerados. Pero nunca había contado un cuento. Cuéntame un cuento, repitió la niña, esta vez ya un poco insistente. Veamos, dijo el padre, Te voy a narrar una historia que cuenta la gente de la frontera de Ayavaca, sobre la historia del Palo Santo y otros árboles que un día se encontraron con Dios, Empieza papá, empieza, dijo la niña y se acomodó en la cama mirándolo fijamente.
Cuentan que cierta vez Dios salió de paseo, (empezó a narrar, intentando dar la impresión que sabía lo que decía) vestido de mendigo y sin poderes, pues siempre los dejaba en casa cuando salía a caminar por la tierra. Mientras paseaba cerca de un bosque notó que alguien lo espiaba, lo cual le preocupó mucho, pues sin poderes estaba indefenso. Estando en estos pensamientos vio que el diablo, que era quien le observaba, le empezaba a perseguir. Dios notó las intenciones de su eterno enemigo y se puso a correr a campo abierto. No nos imaginamos que sucedería si el diablo lo alcanzaba. Corría, corría y corría, ahora hacia abajo, ahora por aquella cuesta y ahora por la ladera. Ya estaba cerca el diablo, ya estaba a un paso, Dios corría y ya el diablo estaba nuevamente lejos, o nuevamente cerca, pero ellos corrían y corrían.
Cansado, Dios, se detuvo frente a un árbol y le dijo, Por favor ayúdame, escóndeme entre tu tronco porque el maligno viene tras de mí. El árbol le mira. No tenía el suplicante, facha de alguien importante y de manera despectiva le contestó, Vete, no ves acaso que espantas los admiradores que tengo, todos quieren estar junto a mí, seguramente lo de tu enemigo es un pretexto, vete.
Dios maldijo al árbol diciéndole, Desde hoy en adelante ni las serpientes se te acercarán, todos buscarán alejarse de ti, pues tendrás tantas espinas que serás un peligro. Dicho esto, el árbol quedó todo cubierto de espinas. Faique, es el nombre con el que hoy se conoce a este árbol.
Seguía Dios corriendo, pues el diablo ya lo alcanzaba, vio otro árbol de una cabellera hermosa y fina. Corrió hasta él y le suplicó que lo escondiera, que le diera un espacio para guarecerse, mas este, el árbol de cabellera hermosa le dijo todo molesto, No tengo espacio, en este lugar  sólo entro yo solo y no puedo  compartirlo, vete, vete.
Dios sólo tuvo tiempo para decirle, Si sufres por espacio más gordo te pondrás y ni tú mismo entrarás en ti, así que reventarás. Dicho esto, siguió corriendo. El nombre de este árbol de cabellera hermosa y formas redondeadas, es Ceibo.
Cansados, ambos corrían sin rumbo fijo, sólo corrían. Uno por escapar y el otro por vengarse de siglos de enemistad. Dios vio un último árbol al borde de un precipicio y creyó que quizás lo trataría igual que los demás, por lo que dudó en pedir ayuda, mas antes de abrir la boca para pedir auxilio, el árbol, al darse cuenta del peligro se abrió en dos partes y permitió que Dios entrara en él y se escondiera. En un segundo, Dios desapareció de la vista del diablo. Sorprendido más que molesto se retiró refunfuñando y amenazando quién sabe qué cosas.
Luego de un tiempo, bastante tiempo, el árbol se abrió nuevamente y Dios salió de su escondite. Miró al árbol y lo bendijo diciéndole, Palo Santo serás, pues tienes el olor de Dios y todos desearan estar cerca de ti ya que tu fragancia les dará paz. Este árbol se conoce hoy en día como Palo Santo. Esta es pues la historia de este árbol y de los otros que no quisieron ayudar a Dios.
La niña había escuchado atentamente, la historia de su padre, es más al final ni siquiera interrumpió con sus preguntas. Finalmente dijo algo, Papá si Dios dejó sus poderes en casa, ¿cómo es que pudo convertir a los árboles?
El padre pensó nuevamente. Haber pasado la prueba del cuento era bastante y ahora estaba en una encrucijada de la filosofía.
Bueno, dijo, lo que pasa es que Dios no tenía poderes, pero estaba viviendo en un cuento y los cuentos siempre   serán poderosos.

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lunes, 4 de mayo de 2020

GALLO BRUJO.



Ilustración de gallo de pelea, Ilustración de gallo de gallo de ...Mi mujer siempre ha dicho que eso de hacer pelear los gallos es cosa del demonio, Pobres animales, dice.  Aunque no opina lo mismo cuando están guisados y servidos con yuca y acompañados por un buen jarro de agua dulce.
Pero no es de mi mujer, ni de la comida, ni del agua dulce de que les quiero contar. Les quiero contar acerca de la vez, en que, por pura casualidad, casualidad mismita, tuve que topar un gallo mío con el gallo del brujo Rivas.
¿Cuál gallo dicen? ¿El mío? Cuál va a ser, el Ajiseco, el hijo del Colorao, ése, el mismito que topé con Juan Chininín en la fiesta del Carmen, se acuerdan que de dos saltos picó. ¡Hermoso gallo éste!... igual que el padre. Y yo nunca me imaginé que alguna vez, menos el gallo lo imaginó, que se toparía con un gallo brujo. Pues fue así. Si el dueño es brujo el gallo también lo es, ¿o me van a decir que no?
¿Cuál brujo dicen?... El brujo Rivas, ese viejo barbón y mechoso, que sale hablando por la radio, que lee cartas y adivina con sólo repasarlas. Arto sabido es y muy poderoso. Claro que de cara no es muy agraciado, más parece perro, quizás por eso se tapa la cara con esas mechas y esas barbas negrísimas, negrisísimas como la noche oscura. Ese brujo tiene su afición por los gallos y dicen que no pierde, que sus gallos están asegurados. Así ha de ser.
¿Qué cómo fue? Fue para octubre, para la fiesta del cautivito. Yo había salido a vender mis gallos, pues la cantaleta de mi mujer ya me tenía cansado: que más gastas en tus gallos que en tus hijos, que más quieres esos animales que a tu mujer, que más pierdes que ganas. Pero ustedes saben cómo es la afición. Bueno les decía que había decidido vender algunos y así calmarla por un tiempo. Entonces llevé los gallos de venta, sabía que los aficionados me los pagarían mejor, por eso fui al coliseo. Mi mujer dice que fui a jugar. Pero por vida que no, no fui a jugar. Fui a venderlos. Pero ya estaba ahí, en el coliseo, en medio de los gritos, las apuestas, las plumas, los quiquiriquíes, los ¡urra Colorao!, ¡urra Ají Seco! Ustedes entienden. Eso que sólo los galleros sabemos. Pues cualquiera tiene gallos, pero no todos son galleros. Parado ahí, con mi gallo entre las manos, aturdido y embriagado, noto dos ojos negros que me miraban, escondidos en una barba y unas mechas negrísimas, me hurgaban, me lastimaban, me quemaban. Ahí lo reconocí. Era el brujo Rivas. La sangre se me heló y un escalofrió me recorrió de pies a cabeza. El de los ojos, barba y mechas negras, que han de saber, además, que vestía también de negro se quedó arto rato mirándome ¿a mí?  ¿A mi gallo? A mí y a mi gallo.
¿La pelea dices? Ya pues, yo estaba turbado y por eso no vi que él tenía también un gallo en sus manos. Cuando reaccioné me di cuenta que su gallo no era negro, como ustedes, seguramente pensarán. Al contrario: Era blanco. Un blanco precioso, puro grande, altivo, soberbio… Después algunos dijeron que de hecho el gallo era negro, que había muerto dos semanas atrás y que en una mesada había sido vuelto a la vida, a las cuatro y veintiséis de la mañana, entre el rebuznar del burro, el canto de los gallos, el bufido del toro y la alegría de los cerros. Había vuelto más poderoso y blanco. Y ese gallo, estaba ahí, frente a nosotros. Lo único que era igual con su dueño, era la mirada penetrante e hiriente. No sé de dónde surgió, en mí o en mi gallo, pero un segundo escalofrió nos recorrió a ambos.
Juguemos, dijo. Tuve la esperanza que no fuera para mí. Miré a mí alrededor pero no había nadie más. El mundo, la gente, el coliseo habían desaparecido, en un acto de lo más desconocido, estábamos solos. Me quedaba en todo, aún la esperanza que no hubiera dicho lo que dijo y que en verdad yo si escuché, y ahí estaba otra vez repitiéndolo, Topémoslos, y señaló los gallos. No sé por qué, ni cómo, ni cuándo, y no me pregunten, pero en un repentino movimiento de labios yo contesté, Ya pues topémoslos. Eso fue todo. Ya los gallos estaban siendo calzados. El mundo y la gente aparecieron nuevamente como de la nada. Las apuestas se gritaban, los asistentes se movían de un lado para otro ¿Y yo?  Sin saber qué hacer.
¡Ochocientos soles de apuesta!, cantaron. ¿Ochocientos?  O algo así. Cogí a mi gallo le froté las piernas, le escupí cañazo y le hablé.  El brujo también hablaba al Blanco, algo le decía, una oración, dicen que era el padre nuestro al revés, yo no lo escuché, estaba diciéndole a mi gallo tienes que ganar y mis palabras más que para el gallo eran para mí.
Saltaron los gallos.  En el círculo el Ajiseco, mi Ajiseco y el Blanco, el Blanco del brujo. Sonaron los aleteos, volaron las plumas y la pelea estaba ya.
Los ojos negros miraban detenidamente su gallo, ahora al Ajiseco, ahora a mí y esa mirada era dura, amenazante. Miré los gallos y se me pareció, les juro, que el Blanco era más grande, diez veces más, quizás más y a cada aletazo que daba lanzaba rayos de colores que nos enceguecían. Nuevamente el mundo desapareció. El juez, la campana, los apostadores, los borrachines, no estaban. El Ajiseco, el Blanco, el brujo y este humilde narrador. Nadie más estaba ahí.
Pese a todo, mi gallo paraba bien. Saltó y rosó el ojo del enemigo. Una línea roja finísima de sangre se empezó a escurrir del Blanco. Éste, sin embargo, le respondió con una espoleada certera en la pierna derecha. ¡Es mío!, gritó el dueño, ¡doblo la apuesta!... ¡Doblo! contesté yo, en un repentino aire de coraje, Total, dije. El Ajiseco había caído, sangraba y el brujo, es decir el gallo, cantaba ufanándose de un triunfo fácil. ¿Triunfo? Ya quisieran. Fue una caída rápida, el hijo del Colorao se levantó nuevamente y fue al encuentro. Ambos saltaron, se empujaron, se abrazaron, es decir se arrimaron, picó el Blanco, picó el Ajiseco. ¿Cuál cae primero? Otra vez saltaron. Otra vez y otra vez cayeron. Uno tras de otro y tal como caían se levantaban. Hasta que en un relampagueo. ¡¡¡Zas!!!, cayó el Blanco y esta vez definitivamente.
Sangró, se sacudió y murió. La mirada perdida daba hacia mí y se parecía a la de su dueño, pero esta vez los miré bien y ya no eran tan amenazantes. Y yo al fin acepté que tenía miedo. Miedo a no sé qué, a los gallos, a los brujos, a la gente, la cual ya apareció y festejaba el encuentro como el más grande de la historia del coliseo. El brujo tomó su gallo lo metió en una bolsa y no era tan temible, al contrario, me pareció bastante sencillo, hasta era agradable. Se dirigió hacia mí y me dijo véndemelo. Lo miré fijamente y le dije: No, y me fui a mi casa.

miércoles, 29 de abril de 2020

¡CONSTRUYASE LA FELICIDAD!




Había una vez un Rey que lo tenía todo. Tenía un gran templo hermosamente decorado a oro, plata, diamantes y muchos objetos más, mucho más hermosos que los anteriores. Tenía millones de súbditos que iban desde el norte hasta el sur; del este al oeste de su reino, en  una  extensión tan grande  que  nunca   fue  medida   porque  la numeración  no alcanzaba para tanto.
Trataremos al máximo de no exagerar en este relato, por lo que empezaremos reconociendo una simple y pequeña, valga la redundancia, exageración de los hechos.
Decíamos: que este era un Rey que lo tenía todo, lo cual no es cierto en su totalidad, veamos por qué. Un día, como no era su costumbre, el Rey se despertó muy temprano. Miró su reluciente vestido con adornos en oro y plata representando el mundo, su mundo y… ¡ah! estuvo contento. Sus sandalias doradas, finamente talladas, hechas para un Rey y quedó conforme. Aspiró su perfume real, ¡qué placer! Miró por su ventana sus dominios y ojos humanos faltaron para tal tarea… ¡Oh angustia!... Algo, que no sabía de dónde, cayó sobre su mente, su cerebro, su alma, sus intestinos y todo su ser. Una preocupación. Pero ¿qué preocupación podría ser ésta, a esta hora tan apacible, en este día tan bello, a este Rey que lo tenía todo?…  Qué tal si..., no… no, no podría ser… ¿pero?  No, no, que idea más absurda. ¿Cómo puede en la mente de un Rey, más de este Rey, cruzarse la sola idea de que no lo podría tener todo como él lo creía?  ¿De qué a su ya, por cierto, infinita hacienda le faltase algo?... ¿Le faltase un poco?  ¿Le faltase un ápice…? Hasta ahí, con estas preocupaciones del Rey. Concluimos el primer día.
Decíamos, valga la insistencia, que este era un Rey que lo tenía todo o, según sus preocupaciones del día anterior, casi todo. Preocupado nuestro Rey pensó que era sabiduría y recordó que, desde los filósofos de la Era cósmica hasta los últimos avances científicos del equipo de Discovery, lo conocía todo. Que conocía la geografía desde donde inicia su reino hasta donde termina y, eso señores, era todo lo que existía.  Pensó que le faltaría familia y vino a su mente aquella vez en que él abolió la monogamia, para así poder tener una simiente abundante. Sería acaso ¿Qué le faltase recreación? No, ¡dos, tres veces no, y las veces que sean necesarias!  ¡No podría ser!  Pues en su patio mandó hace mucho tiempo construir réplicas de las más maravillosas atracciones existentes y por existir del mundo. No podría ser falta de eso la causa de su inquietud.  Con estas reflexiones el Rey terminó el segundo día.
Insistíamos entonces: éste era un Rey que lo tenía casi todo… Pero ¿qué es casi todo?... Pues no faltará un filósofo odioso que se anime a decir que el todo está cerca de la nada o a casi nada, que es el caso de nuestra historia. Sería un casi nada. Basta de especulaciones, ¡piedad!, ¡respeto!... Si vieran a este Rey que hace dos días decía tenerlo todo; hoy se atormenta creyendo no tener nada, o casi nada, o casi todo o la falta de casi todo o la falta  de  casi  nada.  O la falta…  Basta. Insistimos.  No es este un ensayo sintáctico, menos axiológico. Lo cierto es que este Rey está preocupado   y con todos los sinónimos que al término se pueda ajustar. Y con estas meditaciones el Rey terminó su tercer día.
No me puedo acongojar, decía. Lo tengo todo, y si algo me falta lo puedo conseguir. Estaba animado el Rey. Llamó a todos sus consejeros: los sabios y científicos del reino; llamó a sicólogos y para-sicólogos; filósofos de ocio y oficio; dos curas entre los que se contaba un Cardenal y a su mamá, que no la había visto desde hace apenas, como decía él, diez años. Emitió de su voz divina, producto de su divinidad personal el siguiente edicto (divino también), ¡Averiguar entre los hombres del mundo, que   es lo que me falta para tenerlo todo! Y así entusiasta nuestro Rey terminó su día cuarto.
Los funcionarios del Rey, recorrieron el reino averiguando que era lo que le faltaba al Monarca para tenerlo todo. No quedó ningún rincón por revisar, ninguna aldea por visitar, ningún testigo por entrevistar, ninguna mente tranquila. Todos los visitados creyeron que el Rey estaba enfermo. Lo que ocasionó alegrías y disgustos entre todos. Preocupaciones no. Los sabios del Rey visitaron a las doce del día al impaciente; perdón, al monarca; a quién sin protocolo, culto o ceremonia, empezaron a verter sus conclusiones: Un joven del extremo Norte de tu reino está enamorado de quien no le corresponde y ese ideal lo hace feliz, ¡No puede ser eso! Yo tengo ideales. Muchos, En el extremo  Sur de tu reino un hombre es  feliz con  su elefante, ¡Yo tengo mil mascotas, no puede ser eso!, En el extremo Este de tu reino hay  una   mujer que disfruta sabiendo las desgracias de la  gente, ¡Yo  me entero  de  todo  lo  que  pasa en el  reino!  No, no puede ser esto.  En el extremo Oeste de tu reino existe un niño que tiene un caballo alado, Pegaso dice que se llama. Es la figura más rara y hermosa, ¡No, no puede ser ello, yo tengo una familia de Pegaso, una familia de unicornios y una familia de centauros! Así continuaron una por una las conclusiones y el Rey a todo dijo, No.
¡Si algo falta al Rey, es saber cuánto le quieren los que le rodean! El silencio no se hizo esperar y estas palabras habrían salido de un viejo gordo, que nadie sabía quién era, ni quien lo invitó. Las historias de fantasía tienen eso, aparece un personaje cuando nadie lo espera, pero en este caso lo esperaba el Rey. Ahora los murmullos. Y el asombro del rey explosionó en un, Sí, sí, sí, sí, eso es. Soy un rey sabio, apuesto, lo tengo todo y les doy todo ¿pero ¿cómo saber si les agrado o no les agrado a los que están cerca y lejos de mí? Debo saber si le agrado a mi pueblo, debo saber si le agrado a mi familia, debo saber quién me aprecia.
Mi señor ¿quién no te apreciaría? Mi señor eres todo lo que has dicho y mucho más ¿quién no te apreciará?, dijeron los consejeros como un coro bien ensayado. Mas el Rey estaba en otra cosa: sí, sí, sí, y las veces   que sean necesarias, sí… Esto se debe saber, ¡Vayan hasta el último rincón del mundo y averigüen cuanto me aprecia el mundo!  Así terminó el día quinto.
Regresaron más temprano los sabios y dijeron   al Rey que era muy simple; que preguntaron a todo el mundo, contrataron encuestadoras, hicieron sondeos y todo el mundo apreciaba al Rey. No puede ser tan simple, replicó el hidalgo, ¡que inventen máquinas de detectar el aprecio de la gente a su Rey! Como la palabra del Rey, es la palabra de Dios, se inventó máquinas de detectar el aprecio por su Rey, que funcionaron   muy bien. Pero la gente al darse cuenta de lo que sucedía, respondía con la verdad, aunque disfrazaba los sentimientos, lo cual descartó la máquina de detectar afecto. Se inventó máquinas para medir los sentimientos: consistía en someter al individuo interrogado a mediciones de los latidos del corazón y la respiración, poniendo como estímulo una imagen fotográfica del Rey.  Creyeron que esto funcionaba, pero lo cierto es que los estímulos no diferenciaban entre el aprecio o la ira y catalogaba en iguales condiciones a las diferentes respuestas. No funcionaron, estos y muchos más inventos.
Estos, son sólo ejemplos de lo que se hizo para averiguar si se apreciaba al Rey o no. Fueron muchos los inventos.  Al final del día el Rey escuchó los resultados, los cuales fueron tan diversos, ambiguos, como vagos.  Así terminó el Rey su día sexto.
Al día séptimo, el Rey se levantó temprano, como en los últimos días venía haciéndolo. Miró todos sus dominios, apreció lo lindo del bosque, pues siempre ha sido bosque y siempre ha sido lindo y se quedó mirándolo así eternamente.


domingo, 26 de abril de 2020

POR FALTA DE UN RELOJ /Cuento



La noche está pesada, dijo don Eustaquio, Es cosa tuya, las noches son todas iguales, le contestó su mujer. El día miércoles, el viejo, tenía que ir a Ayavaca y desde su casa en Ambasal era obligatoria la madrugada. Quizá debido a esta razón no siguieron la conversación. Acomodaron el fiambre en unos manteles blancos y se fueron a dormir. La noche iba a ser corta, apenas hubo tiempo para un último intento de plática: ¿A qué horas te vas?, dijo ella, A las tres, dijo él, Esperemos que el gallo no se duerma, dijo ella, Ese gallo no se duerme, dijo él. Así concluyó el diálogo y la noche también.
Ya cantó el gallo, son las tres, sonó la voz de Don Eustaquio en la oscuridad y rápidamente se levantó y acomodó sus pantalones, la camisa blanca nueva y su poncho marrón oscuro con listas blanquiazules. Se calzó y salió, ensilló la mula, colocó las alforjas en el lomo del animal. Hasta este momento la mujer no había dicho nada. Acomodó, el marido, los últimos aperos y se dispuso a montar. Por fin dijo algo la esposa desde la puerta, Parece que es muy temprano, No creo, los gallos no se equivocan, dijo el marido, y pese a los años de casados se dio tiempo para una broma, Lo que pasa es que nos quedó chica la noche. Y emprendió el viaje en su mula.
La ladera fue fácil, eso contó después el jinete. Subieron la primera cuesta y todo iba bien. La segunda cuesta y nada digno de narrar. Si, ya pasaron el cruce de la carretera y nada nuevo. En la quebrada se detuvieron, la bestia debía calmar su sed, sin presagiar ni bestia ni dueño lo que les tenía preparada la noche. Así es como don Eustaquio narró los sucesos de aquella funesta madrugada.
… Ya pasé la quebrada y quedaba la última cuesta, que es la más larga. Entonces algo pasó, el ambiente cambió, la misma sensación de la noche anterior, el aire se  puso pesado y  a lo lejos un coro de perros  lanzó  su quejido, como  si olieran  algo malo. Sentí miedo, pero me consolé diciéndole al animal, no pasa nada. En mi mula algo había pasado también; empezó a respirar más rápido y sudaba, sudaba mucho. No pasa nada me dije y seguí. Más en mi mente aparecieron las historias de caminantes encantados, de los muertos aparecidos, del diablo jinete, de los duendes engañadores. Hice un esfuerzo por pensar en otra cosa: en mi mujer y la despedida, en mis hijos que viven lejos, porque así son los hijos, conforme se crían se van, quise pensar en la chacra y sus verdes frutos de maíz. Mas las ideas iban y volvían, y ya no eran sólo las ideas, cada sombra, cada figura en la oscuridad, cada piedra que blanqueaba, parecían que me miraban y me invitaban a la locura. No pasa nada, dije, ¿quién sabe para quién?, Mientras mi mula no se pare…
Y la mula se paró. Resolló fuerte, raspaba la tierra y no quería avanzar. Ni para atrás ni para adelante. La espoleé, le crucé cuatro chicotazos, dos en cada anca y la mula olía algo, sentía algo, veía algo. Le volví a picar y zas, zas, zas, zas, cuatro chicotazos más y la mula no era con ella. No se movió. Ahora si ya tenía miedo. Hice un último esfuerzo: ula, ula, ula y cuatro más, la mula dio un salto endemoniado y pasó corriendo. Ya pasé, dije. Pero algo no andaba bien, alguien estaba detrás mío, como que se alancó de golpe. Podía sentir su aliento caliente, tan caliente que me quemaba la nuca. No tengo que voltear, pensé… Ya que duda había, algo malo estaba detrás de mí. ¿El diablo? ¿El muerto?
La mula también sintió su presencia, su respiración se agitaba hasta salir por todas las partes de su cuerpo, su caminar lento demostraba el esfuerzo que hacía por llevar doble peso, seguro que el animal estaba tan asustado como yo.  Y así de repente siento una mano sobre mi hombro, no debo voltear, decía, luego otra mano en mi otro hombro y yo firme, no debo voltear. Sus manos empezaron a quemar. No debo voltear, entonces; ¿qué hacer? recé el padre nuestro y nada, el santísimo y nada, el buen caminante y nada. El metal asusta al diablo, había escuchado decir, ¿pero de dónde saco un metal? Ni espada, ni chaveta llevo. ¡Los cigarros! Recodé que mi compadre Juan Yanayaco contó en el velorio del finado Segundo Cunya, que el tabaco corría al demonio. Claro no me acordé de todo en ese ratito pero si me acordé de los tabacos y que tenía algunos en mi bolsillo. Metí las manos a los bolsillos y mis brazos quemaban más, saqué de uno de los bolsillos un cigarro y del otro un fósforo, no sé cómo, pero era de vida o muerte todo o nada. Hasta entonces mis manos quemaban, mis brazos, el pecho, el estómago, las piernas, todo   quemaba, ardía, no sé cómo, les dije, pero en un último aliento de valor metí el cigarro a la boca,  las manos encendieron el fósforo, fósforo al cigarro y ya estaba lanzando humo en cruz delante y detrás mío. Y algo empezó a oler horrible. Apestaba y un bulto se descolgó de la mula, como se desprende un gajo de guineos. La mula, como impulsada por un motor salió disparada.  Corriendo. Que cuesta ni que cuesta, la mula corría y yo seguramente no pesaba nada. En un abrir y cerrar de ojos estuvimos en Yacupampa. Aún no amanecía. Toqué la puerta de Don Genaro Páucar, con el miedo vivo dentro de mí, ¿Quién es? Me dijeron de adentro, Eustaquio Aguilera, contesté. Y me abrieron la puerta…
Así narró la historia nuestro héroe, pues qué duda cabe  es  un héroe, porque  no muchos  tienen la suerte de toparse  con  el diablo y quedar  buenos  para  contarlo. Hubo una breve charla entre posadero y peregrino. El peregrino, Deme una posadita; posadero, ¿Por qué tan blanco?; peregrino, ¡Hay hermano me ha salido el diablo!; posadero, Hombre loco y ¿cómo se te ocurre salir tan temprano?; peregrino, ¿Temprano? ¿Qué hora es?; posadero, Son las tres y media.
Don Eustaquio narró toda la historia a él y a cuantos más encontró en los siguientes días y noches. Niños, jóvenes, mujeres, hombres. Se cambiaron algunas cuestas, algunas quebradas, algunos datos de la despedida se agregaban, se quintaban.  En fin; cosas que tienen las historias. Eso sí, siempre finalizaba su relato de la siguiente manera, Y al otro día me compré un reloj.

martes, 21 de abril de 2020

QUÉ TAL SANTO / Cuento


Eran las diez de la mañana de un día alegre de mayo. Los árboles, resplandecientes en verdor y alegría, festejaban con sus hojas radiantes el contacto con el sol; presuntuoso sol que danzaba en el celeste infinito dando gritos dorados para que la humanidad y la naturaleza recuerden su luz. Doña Felicita Jiménez se afanaba yendo para allá y para acá en los preparativos para la fiesta de San Juan. Y sabrán señores, que los preparativos para la fiesta de este fecundo Santo no es cosa fácil. Preparar las tortillas de trigo, los mazapanes de maíz. Bocadillos que, luego de ser asados en un tiesto, son la sensación de la fiesta junto con el queso trozado en pequeños cubitos blancos. Cocinar el guarapo, que antes fue sacado del trapiche de Don Humberto, aquel viejo redondo que parecía cualquier cosa menos persona. En fin, tantas tareas que la Santera, Síndica o cómo le quieran llamar a la persona responsable del festejo sagrado a San Juan tenía que realizar. Y precisamente Doña Felicita era Síndica, cargo que había heredado desde su tatarabuela y que de generación en generación llegaba hasta ella como una bendición de Dios.  A veces, cuando la falta de fe nos invade, nuestra blasfemia nos invade y pensamos que tanto sacrificio por un Santo que ni se mueve y tantos años que tiene; si realmente valdrá la pena... ¡Virgen Santísima! ¡Qué de pensamientos son esos! Es inconcebible en una mujer como ésta, el poder pensar de tal manera.
Los quehaceres de toda mujer son difíciles y si a esto le añadimos el que esta mujer tiene el divino encargo de cuidar la buena imagen de un Santo, la cosa es más difícil aún. Sí que son agitadas sus jornadas. Lleva ya cuatro días en estos menesteres, cuatro días que no pega bien los ojos, cuatro días que va de un lado para el otro; con la mente en la fiesta y el Santo en la boca…
Tanta distracción tendría, obviamente, que traer consecuencias. La familia de Felicita está incomprensible con ella. Tanta atención al Santo y tus hijos que mueren de hambre, reclama de vez en cuando Don Juan. No. No es el Santo; sino que por esas casualidades propias de la vida y más común en las historias; el marido de Felicita se llama así. Y qué no diera este Juan porque lo atendiesen como al otro… Al Santo, nos referimos al Santo. A esta mujer nada la distrae, ni siquiera indirectas de su Juan terrenal y carnal; en fin, a éste lo complace luego, pero a San Juan no. Además, el Santo tiene la fama de ser bravísimo ¿cuántas chacras no se han quemado por su ira? ¿Cuántos animales no han sucumbido al influjo de su mirada castigadora? No. Con este Santo no hay cómo, ni por qué.
La fiesta de San Juan es una fiesta muy sonada en la zona. Peregrinos desde el país vecino vienen a visitar y cumplir con su promesa. ¡Qué tal fiesta! Y la que nos espera este año no es para menos.
Ya cansado de la desatención de su esposa, Juan, el terrenal, le increpa en la víspera de la fiesta a su mujer, Tanta vaina por un pedazo de palo, mientras tus hijos están  tan  flacos que en lugar de ponerle velas al Santo, vamos a terminar poniéndoles a nuestros hijos cuando mueran. Mujer desconsiderada, ¡Ave María Purísima! ¿Qué estás diciendo Juan? calla y persígnate esa boca cochina ¿cómo vas hablar así? ¿No sabes que Sanjuancito escucha en todos los lugares?, ¡Qué Sanjuancito ni Sanjuancito, la madera no oye, no come y no gasta!, ¡Hombre condenao! mira que San juancito te puede castigar. Mira que el San Juan sí que es bravo.
Como dicen que la boca no sirve ni para comer. Por lo menos así dice la gente fatalista que cree en eso de los castigos; y como esta es una historia de castigos… Meses atrás Doña Felicita había convencido a Juan para que donara el toro “colorao”, que sería sacrificado para la fiesta y rematado en homenaje al fecundo Santo de 30 centímetros. No faltará quien diga que es más grande, las cuestiones de fe tienen eso: engrandecen o empequeñecen a quien quieren, si así funcionaran otras cosas, otra cosa seria el mundo.
En la soledad del cuarto don Juan acaricia a su mujer. Ella, cansada, alcanza a echar un suspiro que invade la habitación toda olorosa a comida, Felicita, Felicita despierta, despierta. Felicita entre dormida, Deja dormir y quita las manos de ahí, Felicita, Felicita. Don Juan es insistente, precisamente esa insistencia la hizo su mujer y ahora no le va a fallar, Mujer, mujer, despierta; mira que los churres están dormidos. La insistencia de Juan era tan grande, que sólo se comparaba con el cansancio de Felicita. Ella molesta, Juan deja dormir que mañana es la fiesta y hay muchas cosas que hacer así que más vale descansar; mejor preocúpate por madrugar a traer al “colorao” que es para nuestro señor.
Esto es el colmo de los colmos; que tu mujer te olvide en el día por cocinarle a un Santo, que descuide a los hijos por hacerle los vestidos al Santo, que se despreocupe de la casa por preocuparse por el Santo; es hasta cierto punto entendible o por lo menos, no irritante; pero que, en la cama, en la tranquilidad de la noche y en las cosas que son sagradas en el matrimonio… ¡A no! Hasta aquí este Santo se extralimitó. Mira que interferir en la sagrada intimidad de una pareja. Don Juan ahora sí que está molesto, debió haber cambiado de color; pero la oscuridad no nos permite corroborar lo dicho; sólo una frase se escuchó, quizás producto de sus celos, ¡Santo de mierda para que quiere la carne de mi toro si ni se la va a comer, este toro mejor lo guardo para mí! Felicita no le prestó más atención de la que ella creía necesaria. En fin; cansada, siguió durmiendo. De Don Juan no sabemos, quizá no durmió bien esa noche.
Temprano, la síndica, no se percató de la actitud de su marido. ¿Juan, ya fuiste a traer el toro? Miren que las palabras, a veces, cuando menos intención ofensiva tienen, pueden desatar las respuestas más inesperadas si es que el ánimo de nuestro interlocutor no está en el punto que la ocasión requiere, lo cual puede desencadenar desde una riña pasajera hasta una desgracia divina. En este caso así fue, Estás loca, ese toro es mío; yo lo he criado y no se lo voy a dar a un pedazo de madera, por más nombre mío que lleve. Anonadada, la Santera replicó, Cruz-Santísima-caiga-sobre-mí ¿cuántos años que vengo sirviendo a mi señor para que tus caprichos me pongan mal ante sus ojos? Pero él, y señalando el cielo, Él es testigo que no soy yo, eres tú, ahora mismo me voy a servirle a mi San Juan, quédate con tu toro, pero ya sabes que el que primero da y luego quita es el diablo quien desquita. Con estas sabias y apocalípticas palabra Doña Felicita abandonó el abrigo del hogar y se dirigió hasta el pueblo, donde el ruido y el ajetreo de la fiesta la esperaban.
Qué santo ni que santo, protestó Don Juan. De pronto le asaltó la preocupación sobre si las palabras de su mujer tendrían algún efecto en el destino, bueno no tanto las palabras de su mujer; sino los deseos de venganza del santo. Es curioso el decirlo, pero de un tiempo a esta parte los santos que se supone representan el amor se han vuelto muy vengativos y medio malos. No, No Juan cómo vas a pensar eso; ya no es tiempo de echarse para atrás, tú decidiste que los palos no sienten y nada más hay que decir. Dirigió sus pasos hacia donde pudiera observar la huerta y todos los ángulos de su potrero, que dicho sea de paso no era tan grande. Pese a su decidida voluntad de no ceder en malos pensamiento con respecto a su mujer, el santo y la fiesta, no podía evitar pensar que allá en el panteón de santos, este hecho le podría restar méritos frente a los responsables de guiar la vida de los mortales, porque una cosa es pelearse con un santo y otra declarar la guerra a la divinidad en su conjunto. Absorto en esas cuestiones filosóficas no oyó, en primera, la voz de su hijo que a lo lejos le gritaba algo. Algunas frases que pese al buen oído de Don Juan eran imperceptibles. Lo que si era seguro, es que estaba relacionado a los animales, el toro y el maizal. José, su hijo de doce años, agitaba los brazos y emitía el grave anuncio, Pa … los animales se han metido al maizzzzz… Los animales se han metido al maíz ¿los animales se han metido al maíz?
Don Juan siempre ha sido un hombre sereno que trata al máximo de no preocuparse demasiado por lo que le salta en primera a la vista; así que esperó que llegara su hijo y ya más cercano, sin la intromisión del viento que suele disfrazar el verdadero mensaje a grandes distancias, aunque en este caso que no hubiese dado porque el mensaje fuera distorsionado. Preguntó a su hijo sobre lo que quería decir. Las vacas se han metido al maizal y se han comido todo, fue la respuesta de su hijo. Está consumado, está hecho, las vacas se han metido al maizal y se han comido todo, retumbó en los oídos y en el alma de aquel hombre que se ensimismaba buscando una explicación lógica, lógica  si es que este hombre  conoce  el termino lógico, diremos  una explicación que  esté  de  acuerdo con las creencias  de  este  hombre  pecador  como diría  su mujer, pero castigado  como  lo ve  su hijo. Suerte para el niño tener un padre tan reflexivo. No hubo quejas, lamentos, censura. Se sentó en una esquina del patio, nos referimos al padre, sobre  un  apero  viejo y  cual un detective, filósofo u cualquier oficio que requiera  meditación, empezó  a indagar  sobre lo ocurrido.
¿Quién tiene la culpa? Se preguntó así mismo. ¿Alguien tiene que ser culpable? Y no se equivocaba en asegurarlo. Mas sin saber acababa de desencadenar una serie de interrogantes que luego, quizá, desearía no tener. Si hay un culpable tiene que ser mi hijo. Mi hijo es el responsable ¿por qué no se levantó más temprano? bien sabía que tenía que ir a cuidar el maizal. Él, sólo él, es el responsable de tal tragedia. No podía ser, eso no es de hombres, echar la culpa a un niño de doce años; en fin, él es niño y que podría hacer, además es posible que el delito se haya cometido en la noche. Que curiosa forma de interpretar, sólo se hizo dos preguntas y ya habla de manera, dramáticamente, policiaca. Mi mujer, si no hubiera estado tanto tiempo preocupándose por un Santo, habríamos estado pendientes de todo lo que ocurría con los animales. ¡Pero no! Tenía que estar ocupada cosiendo, cocinando, bordando ¿para qué? Otro u otra no podría ser culpable, tiene que ser ella.  ¿Pero?… Ella no tiene la responsabilidad de la chacra, si bien es cierto que su descuido repercute en la casa, no pasa más allá de ésta. Otro debe ser el culpable. Otro u otros, en plural. Claro ¿por qué tiene que ser sólo uno? ¿Pero quiénes pueden ser varios y capaces de ser culpables de tal acto? Claro que tontería, los culpables estuvieron ahí siempre; si es que no están todavía en la escena del crimen, acabando con lo último del cuerpo del delito. Sigue con la manía de hablar policiacamente. Animales. ¿Quiénes sino ellos? ¡Animales del demonio! que se meten a los maizales como que si fueran personas dispuestas a hacer daño. Que curiosa comparación, los animales parecerse a los humanos. Pero debe ser así. Ellos, animales tendrían que ser. Y precisamente porque son animales Juan descartó la posibilidad que sean ellos. En fin, ellos sólo se guían por la voluntad de Dios y si fuese así, el responsable tendría que ser Dios… ¡No tanto! El escepticismo de este hombre no llegaría al grado de cuestionar a Dios. Dios no tendría tiempo de ocuparse de pequeñeces; habiendo tanto que hacer en el mundo. Él no podría darse tiempo para algo así. Momento, momento ¿quién capaz de cambiar el orden natural de las cosas puede estar cerca de tan desagradable situación? De hecho.  Ahora está como el agua. El Santo. San Juan. Este Santo que, en la mañana-madrugada, había sido víctima de un sacrilegio por parte de Juan. Si, San Juan en venganza de lo dicho y pensado por el marido de su servidora aplicó su venganza. Su cruel venganza.
Don Juan, lejos de temer por la muestra de poder que su tocayo divino le expresaba reaccionó con mucha más ira. ¡Santo de mierda! ¿Acaso tú siembras el maíz? Y para expresarle que no tenía miedo, menos que estaba vencido, acudió a un último recurso, la ironía. ¡Menos mal que no te di mi toro! ¡Es mío y sólo mío! Esto último lo dijo ya en son de burla. Ni siquiera había terminado el segundo mío, cuando su hijo, que se convertía en el ave de malagüero de su padre, le decía temeroso, Todos los animales están, pero falta el toro colorado. ¡Desgracia de desgracias! Mi toro, que diga, el toro de Sanjuancito; si, de Sanjuancito, el resto es un mal entendido. ¿Cómo no va estar? vamos a buscar. Palabras y cara le faltaban a este hombre por disculparse ante el gigante de 30 centímetros. Dicen que no hay que escupir al cielo porque te caerá en la cara, era cierto con la única, pequeña y gran diferencia, que el Santo aprovechando de su condición, no devolvía el escupitajo; sino una lluvia de desgracias. Pues un escupitajo a lo mucho te molesta.
Juro Sanjuancito que te daré tu toro, si es que aparece. Eso denlo por hecho. El toro ya no era de Juan; sino de San Juan, por tanto, formaba desde ahora parte del rebaño divino.

Encontraron al toro acostado frente a una quebrada pues según se percató don Juan: de tanto comer maíz, al toro le dio mucha sed, de la mucha sed, tomó mucha agua, de la mucha agua, se puso muy pesado y de muy pesado no pudo salir de la quebrada. Don Juan, ya más calmado, estableció toda la relación de los hechos y no le quedó más que admirar al Santo pues como él mismo dijo, Hay que aplaudir al Santo porque sabe cómo hacer las cosas.




UN POEMA LLAMADO EFRAÍN RÍOS

      Por, Héctor Manolo Gonza Rivera. Traigo algunas ideas para compartir. Sobre la sabiduría, la esperanza, la humanidad y el amor.   ...